Te deseo y me encantaría acostarme contigo.

¿Quién de nosotras no se rinde ante esta propuesta de nuestro marido? Fijaos, que fácil ¡¡¡seis palabras!!! Y ahí nos tenéis, metiendo dos horas antes a los niños en la cama o yéndonos rápidamente de la comida familiar para “echarnos la siesta”. Sé que es una frase poco realista, que no aparecéis por casa montados en un corcel blanco y nos decís “Cariño, te deseo y me encantaría acostarme contigo”

Pero si son palabras que funcionan bastante mejor que algunas que decís tipo: “¿bueno que, hoy toca, no?” o  “¡¡¡Hoy es sábado, dime que no estás cansada…!!!”… Si son palabras que vienen aliñadas con pequeños detalles. Pequeños detalles que nos llenan, como vosotros seguramente no entendéis. Detalles que nos desvelan mucho más de vosotros, de lo que nunca nos enseñareis. Detalles como ese “te deseo”. Ese “te deseo” nos dice mucho, nos dice que seguís enamorados de nosotras, que nos seguís viendo sexys, que os seguimos gustando, que tenéis ganas de nosotras. Detalles como el “me encantaría”, que es una invitación que nos hacéis para participar de ese deseo. Y si la frase viene acompañada de un abrazo, ¡¡¡¡creo que ese día a los niños los acostamos a las siete de la tarde!!!!

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¿Qué puedo hacer hoy, para mejorar tu día?

¿Os acordáis los primeros meses de casados, en la playa, tumbados, el sol bronceando nuestros cuerpos y él muy cariñosamente nos pedía que le echáramos crema? ¡¡Cómo se la extendíamos de bien!! Por todos lados, no dejábamos ningún sitio sin crema, sin pegotes blancos. ¡¡Y ahora!!! Cogemos el bote se lo ponemos en la espalda y como los pintores de brocha gorda un par de veces y si queda blanco ya se reabsorberá, y después le entregamos la crema, y les decimos “y en el resto del cuerpo te la pones tú, que llegas”.

¿Y de esas primeras noches durmiendo juntos? Cuando empezaba ese sonido, que muy dulcemente- describíamos como respiración fuerte y con un pequeño susurro le decíamos “cambia de postura, que así dormirás mejor”. Con los años se han convertido en tortuosos ronquidos y nosotras en karatekas nocturnas, clavando -de un golpe seco- nuestro codo en sus costillas y gruñendo un “¡¡¡¡¡¡estás roncando gírate que no me dejas dormir!!!!!!” Y a partir de esas lesiones en las costillas, vosotros marcasteis una línea invisible en el colchón, donde no nos está permitido sobrepasarla, entonces pasamos al, casi más odiado, chsss chsss. No nos dais otra opción ¡¡que despertaros con esos ruiditos!!! que tan solo nosotras somos capaces de emitir, para que dejéis de roncar.

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Cariño, ¿Y tu camisón?

¿Donde han quedado esos camisones de nuestros primeros años juntos? ¿Esas batas sugerentes que invitaban a ser quitadas? En muchos de nuestros armarios, han desaparecido o en el mejor de los casos, los hemos dejado para “ocasiones especiales”. Poco a poco, han sido sustituidos y desplazados por “eso” con lo que nos metemos en la cama todos los días. Ese pijama de invierno de franela de pantalón y camisa de manga larga –que si nos descuidamos lo sustituimos por un jersey de cuello vuelto- eso sí, ¡¡monísimos todos!! Que el buen gusto, no lo hemos perdido.

Durante los primeros años de matrimonio, hacemos frente a las bajas temperaturas de nuestra casa poniendo la calefacción al máximo, para poder ponernos ese camisón –que todas sabemos que les encanta- para “estar” en casa mientras hablamos del día que hemos tenido. Nos sabemos deseadas y eso nos gusta, os vamos seduciendo con pequeños gestos, con una mirada, con una caricia en el pelo… y vosotros sois perfectamente conscientes de ello y ¡¡¡Reconocedlo, también os encanta!!! Os encanta dejarnos seduciros, os encanta cuando estamos sexys y os deseamos.

Y un día nos preguntáis donde hemos guardado esos camisones que un día os sedujeron, donde está mujer que os recibía con la mirada llena de amor. En muchas ocasiones los camisones están guardados y olvidados, y nosotras nos hemos dejado vencer por la comodidad, o en algunos casos –aunque nos cueste reconocerlo- ¡¡¡¡porque no nos caben!!!!

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El dolor no explicado, duele más

¿Cuántas veces nos hemos enfadado con nuestra pareja? ¿Cuántas discusiones hemos dejado a medias? Estoy segura que todos nosotros hemos pasado por situaciones similares a esta:

  • … ¡¡¡Es que siempre llegas tarde del trabajo!!!
  • Y qué quieres que haga, es mi responsabilidad.
  • Pues que llegues antes a casa y estés más con los niños, que no te ven el pelo.
  • Ya, claro, pero el trabajo es lo que nos da de comer….

Bueno, nos hacemos una idea. Siempre he pensado que muchas de estas discusiones encierran mucho más que lo que decimos.

Como todo hombre sabe, la mujer, cuando habla, dice más entre líneas que lo pronunciado con sus palabras. Como por ejemplo nuestra célebre frase: “haz lo que quieras”. Vosotros, los hombres, sabéis que es absolutamente mentira… No queremos que hagáis lo que queráis, pretendemos que hagáis lo que nosotras queremos, pero sin decíroslo. En el caso contrario, ocurre que todo hombre, cuando habla, dice realmente lo que quiere decir, pero nosotras queremos leer entre líneas algo que no habéis dicho, es más, ni lo habéis pensado, si no… ¡¡¡lo habríais dicho!!!

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