No te digo que sea fácil. Te digo que merece la pena.

Si, hablo del matrimonio. Cuando una pareja se casa, la percepción que tenemos de esta etapa es sencillamente maravillosa. Vivimos los primeros años del noviazgo como una antesala de lo que pensamos que puede ser LO MÁS. Vivir con él o estar siempre a su lado cuando se levanta al amanecer. Llevarla el desayuno a la cama o ver como se pinta frente al espejo.

Nos pasamos viendo películas como Pretty Woman. Por favor, después de ver esa peli ¡¡¡Quien no deseó ser esa prostituta!!! Por no hablar de aquellas películas como Blancanieves, que llega su príncipe azul para despertarla con un beso de amor. Que, si profundizamos, lo que vemos es: llega un extraño que ve dormida a una señorita, la besa y ella se casa con él. Eso si FUERON FELICES Y COMIERON PERDICES. O películas del estilo de “lo que el viento se llevó” donde el orgullo y la soberbia impidieron a Scarlett O’Hara querer al hombre de su vida, y donde él, solo encontró una mujer llena de sí misma.

Sin embargo hay algo que nadie te cuenta. Y es la realidad de una pareja. Es ese día a día que nos encontramos cuando nos levantamos y nos encontramos a nuestra pareja con esa “boca pastosa” o esas ojeras que desaparecen tras un buen trabajo de chapa y pintura matinal. Y que decir cuando es una, la que pasa segunda al baño. En ese momento nos decimos: pero ¡¡¡es tan difícil levantar la tapa!!! lo tiene que hacer a mala idea. O son esos momentos donde ella está con su zumo de naranja, tostadas con aceite, fruta pelada y cortada ¿¿y tú?? Con un café, eso si en vaso como a ti te gusta, pero de fruta y tostadas “na de na”.

Es en estos momentos, cuando Sigue leyendo