La soledad del dormitorio

Estoy convencida que no hay soledad más triste que aquella que te produce el vacío en la cama. Ese vació que provoca un marido que te acompaña todas las noches, pero no te roza. O el vacío de una mujer que está a tu lado, pero te ignora. Muchos matrimonios, convertidos en compañeros de piso, con gastos e hijos compartidos. Buena relación -quizá hasta como hermanos- en definitiva, tan solo comparten el día a día, pero han olvidado lo más importante. Se han olvidado de ellos, de quererse, de amarse de entregarse.

Una pareja tiene formas distintas de amarse y cada una tiene su importancia, ya que unas aportan al matrimonio seguridad, otras generosidad, fortaleza o confianza. Pero hay una manera de amar, que une al matrimonio de forma distinta a todas las demás y sobre todo es una unión completamente diferente a la que se pueda tener con cualquier otra persona, a un padre, hijo amigo, etc. Esa unión, es una unión de intima complicidad y es la que se va forjando cuando se ama con el cuerpo.

No siempre es fácil saber amar con el cuerpo. En muchas ocasiones hasta nos hemos olvidado de hacerlo y nos resulta complicado volver a romper esa barrera invisible levantada por nuestro orgullo e indiferencia. Y es esta soledad, la que más duele. Es una soledad que ataca a la autoestima, a la feminidad, a la hombría, al deseo, al cariño… Y acaba afectando al respeto y la convivencia.

Es esta soledad, la que silenciosamente debilita a una pareja, es ese silencio el que más

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La tibieza; un cáncer para el matrimonio.

¿Por qué a veces mueren los grandes amores? ¿Por qué esas parejas tan aparentemente “perfectas” se separan hasta el punto de la indiferencia? Un gran amor no suele morir de un infarto. En muchos casos, sencillamente muere poco a poco. Lo asfixiamos hasta dejarlo sin oxígeno. Pero ¿Cómo lo asfixiamos?

En muchas ocasiones tan solo muere por la falta de interés, por descuidar los pequeños detalles, esos que hacen de nuestra relación un lugar al que querer volver día a día. Empezamos a bajar el listón de “nuestro amor” y empezamos a dar por hecho que la otra parte tiene que abrazarme porque yo estoy agotada o pensamos que ella tiene que hacerme reír porque estoy estresado.

Nuestra relación tan solo se ha ido enfriando poco a poco. Primero con la llegada de los niños, donde a nosotras nos absorbe el tempo y vivimos agotadas. Donde vosotros muchas veces tan solo os dejáis llevar por el trabajo y el día a día. Luego vienen los cambios de casa, de trabajo, los niños llegan a la adolescencia y en muchas ocasiones crece esa distancia en la pareja por pequeños desacuerdos en los “tira y afloja” con ellos. Y de repente nos acercamos a la menopausia solas, con la incapacidad verbal de compartir con vosotros todas esas sensaciones nuevas que se escapan a nuestro control. O os veis valorados a través de los ojos de esa compañera de trabajo que os hace sonreír todas las mañanas. Y es un camino que nos aleja cada día un poco más.

Pero la distancia más grande, la distancia más dolorosa y me atrevería a decir que es la que más soledad provoca es la distancia que se genera por esa ausencia de caricias ante una mirada que las pide a gritos. Por esa falta de besos que os devuelven a vuestra mujer. Por esos abrazos deseados que no somos capaces de entregar. Por esa conversación NO mantenidas a media noche llena de confidencias. Por esos secretos que hemos dejado de compartir en la intimidad del dormitorio. Esa es la distancia que más aleja.

Seguramente ambas partes hemos puesto nuestra gran dosis de tibieza. De un Sigue leyendo