Y la enfermedad llegó a mi hogar para quedarse

Hoy os quiero contar la historia de unos amigos, Marta y Carlos.

Después de 4 años de novios, nos decidimos casar. Imagino que como muchas parejas. Comienzas tu vida al lado de la persona que amas y empiezas con tus planes. Ser una “súper profesional” en el mundo de la consultoría. Tu marido un crack de la banca. Empiezan a llegar los niños. Primero Carlos, que le pones el nombre de su padre, sabes que a él le hacía mogollón de ilusión. Luego llega tu hija Marta, que claro, ahora me toca a mí ponerle mi nombre.

Las cosas siguen el curso que tu habías planificado. Es más, estás tan ocupada con tu vida perfecta que no caben otros pensamientos ni que las cosas puedan cambiar. Pero a veces la vida te guarda sorpresas, sorpresas de esas que creemos que no estamos preparadas. La mía fue cuando llegó Carmen, mi tercera hija. Al principio todo parecía ir viento en popa, las cosas no podían ser de otra manera. Pero a las pocas semanas empiezas a ver que hay algo que no “cuadra” que no está bien.

Entonces vas a tu pediatra y tras varias pruebas y un resultado dramático es cuando se te abre un abismo bajo tus pies y ese mundo perfecto que habías construido se desploma tras cada palabra pronunciada por el médico. Cada tecnicismo se convierte en un eco en tus oídos y tus primeros pensamientos son: ¿y por qué a nosotros, por qué a ella? ¡¡¡si es solo un bebé!!!

Es ahí cuando llegan no solo las lágrimas, sino que con ellas llegan el miedo, la inseguridad, el dolor, la tristeza. Tras ese primer impacto nos ponemos manos a la obra. Pero a veces es una obra que no tiene fin, ya que hay cosas que no tienen cura, tan solo son así. Y las visitas a urgencias, los ingresos en el hospital, las noches en vela se acaban convirtiendo en tu rutina. Una rutina que te llena de dolor, de agotamiento. Pero también es una rutina que te separa de aquellos que también siguen a nuestro lado. De aquellos que también nos necesitan, pero que a veces tan solo nos desborda el dolor.

Pasan los meses y te acostumbras a vivir, con tu dolor, con las idas y venidas a los hospitales. Te acostumbras a estar SIEMPRE ahí, a ser imprescindible. Te acostumbras a no delegar, porque para ti es lo más importante, el cuidado de tu hija que te necesita. Pero yo me olvidé de ver que su padre también necesitaba cuidarla. Me olvidé de repartir mi amor a mis otros dos hijos y la distancia se convirtió en indiferencia. La indiferencia se convirtió en presión y la presión en una discusión constante.

Un día me di cuenta de que yo sola no podía. Me había dejado por el camino a la persona más importante. A mi marido. Él, que lo ha dado todo por mí. Que ha sufrido como yo y ha sufrido conmigo. Me olvidé de amarle, me olvidé de quererle. Sencillamente le fui sacando poco a poco y él se fue dejando alejar. Fue una decisión NO tomada por ambas parte. No fuimos conscientes de esa distancia hasta que un día explotamos. Explotamos de dolor, de amor

de miedo, de no saber que pasará con ella cuando no estemos. Explotamos por no apoyarnos en el otro.

Recortar esa distancia nos ha costado, es verdad que no ha sido fácil para ninguno de los dos. Pero también es verdad que ahora el dolor -aunque sea el mismo- es compartido. Las idas y venidas de los hospitales siguen teniendo la misma frecuencia, pero ya no estamos solos. Nos hemos vuelto encontrar. Hemos vuelto a tener “citas” después de varios años de distanciamiento, en todos los sentidos, hemos tenido que comenzar a conocernos.

La enfermedad de un hijo cuando llega a tu hogar para quedarse es tremendo. Reconozco que no quería permitirme un momento de diversión, de relajación. No me creía con el derecho a disfrutar de una velada con mi marido o ir a la fiesta de 40 cumpleaños de unos amigos. Me había olvidado de volver a reír. Pero ahora veo que no soy peor madre para mi hija Carmen por tener y compartir momentos que no sean con ella. Ahora veo que cuidar de mis otros dos hijos es igual de importante. Ahora veo lo imprescindible que soy para él, para mi marido, para el amor de mi vida. Ahora veo lo importante que es cuidarnos, porque nosotros somos la base donde, no solo Carmen se apoya, sino donde se apoyan también mis otros hijos.

Ahora soy capaz de ser feliz. Si, sé que tengo a mi hija con 6 años enferma, y que no se el tiempo que Dios me dará. Pero ahora sé que ella me hace más fuerte. Se que ella me da el coraje que nunca tuve. Se que me da la fuerza para seguir adelante. Se que me da vitalidad para seguir con TODA mi familia. También se que ella no solo me necesita a mí. Necesita el contacto con sus hermanos, los abrazos de su padre. El cuidado de sus abuelos. Y ahora sé que sin él, ya me habría roto.

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