La soledad del dormitorio

Estoy convencida que no hay soledad más triste que aquella que te produce el vacío en la cama. Ese vació que provoca un marido que te acompaña todas las noches, pero no te roza. O el vacío de una mujer que está a tu lado, pero te ignora. Muchos matrimonios, convertidos en compañeros de piso, con gastos e hijos compartidos. Buena relación -quizá hasta como hermanos- en definitiva, tan solo comparten el día a día, pero han olvidado lo más importante. Se han olvidado de ellos, de quererse, de amarse de entregarse.

Una pareja tiene formas distintas de amarse y cada una tiene su importancia, ya que unas aportan al matrimonio seguridad, otras generosidad, fortaleza o confianza. Pero hay una manera de amar, que une al matrimonio de forma distinta a todas las demás y sobre todo es una unión completamente diferente a la que se pueda tener con cualquier otra persona, a un padre, hijo amigo, etc. Esa unión, es una unión de intima complicidad y es la que se va forjando cuando se ama con el cuerpo.

No siempre es fácil saber amar con el cuerpo. En muchas ocasiones hasta nos hemos olvidado de hacerlo y nos resulta complicado volver a romper esa barrera invisible levantada por nuestro orgullo e indiferencia. Y es esta soledad, la que más duele. Es una soledad que ataca a la autoestima, a la feminidad, a la hombría, al deseo, al cariño… Y acaba afectando al respeto y la convivencia.

Es esta soledad, la que silenciosamente debilita a una pareja, es ese silencio el que más

cuesta romper y se esconde detrás del orgullo, del amor propio o del “es que yo tengo razón” Es esa la distancia -que sin ser física- más nos cuesta recortar, confundiéndose con ese ir y venir de aquellos que no me hagan ver. Es ese vacío el que más cuesta llenar y se disimula con esa necesidad de “ocupar” para no pensar.

Es imprescindible encontrarnos en el dormitorio. Sentirnos amadas con vuestras caricias, sentirnos deseadas con vuestros abrazos, sentirnos excitadas con vuestros besos. De la misma manera que vosotros necesitáis sentiros respondidos con nuestro cuerpo, con cada movimiento, con cada caricia, con cada beso. Es necesario esa unión que nos hace ser uno, que nos hace sentir como uno, que nos hace entregarnos, que nos hace dar lo mejor de nosotros mismos a la persona que nos hace y tenemos que hacer feliz.

Con cada encuentro se va creando una red de sentimientos, de emociones, de placeres que en muchas ocasiones hasta nos suavizan el carácter. Donde esta unión no solo es del cuerpo sino va más allá de nuestro propio yo. Es un acto de amor que implica entregarle al otro todo tu ser, tu intimidad, lo más profundo de uno. Nos proporciona esa unión que es exclusiva de la pareja. Es la que nos provoca que a la mañana siguiente nos miremos de manera cómplice, nos rocemos en el desayuno recordando ese encuentro que nos llevó disfrutar de nosotros. No sé si me entendéis, te sientes más cerca de tu pareja, si es que hasta los defectos ¡¡¡los vemos de otra manera!!!

Leí que El sexo es la expresión corporal de nuestra capacidad de amar, de entregarnos a otra persona y recibir su entrega y creo que saber amar con el cuerpo es todo un arte. Es como muchas otras cosas en el matrimonio un acto de amor de entrega y de voluntad, en definitiva un acto de “QUIERO QUERER QUERERTE”.

2 comentarios en “La soledad del dormitorio

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