La tibieza; un cáncer para el matrimonio.

¿Por qué a veces mueren los grandes amores? ¿Por qué esas parejas tan aparentemente “perfectas” se separan hasta el punto de la indiferencia? Un gran amor no suele morir de un infarto. En muchos casos, sencillamente muere poco a poco. Lo asfixiamos hasta dejarlo sin oxígeno. Pero ¿Cómo lo asfixiamos?

En muchas ocasiones tan solo muere por la falta de interés, por descuidar los pequeños detalles, esos que hacen de nuestra relación un lugar al que querer volver día a día. Empezamos a bajar el listón de “nuestro amor” y empezamos a dar por hecho que la otra parte tiene que abrazarme porque yo estoy agotada o pensamos que ella tiene que hacerme reír porque estoy estresado.

Nuestra relación tan solo se ha ido enfriando poco a poco. Primero con la llegada de los niños, donde a nosotras nos absorbe el tempo y vivimos agotadas. Donde vosotros muchas veces tan solo os dejáis llevar por el trabajo y el día a día. Luego vienen los cambios de casa, de trabajo, los niños llegan a la adolescencia y en muchas ocasiones crece esa distancia en la pareja por pequeños desacuerdos en los “tira y afloja” con ellos. Y de repente nos acercamos a la menopausia solas, con la incapacidad verbal de compartir con vosotros todas esas sensaciones nuevas que se escapan a nuestro control. O os veis valorados a través de los ojos de esa compañera de trabajo que os hace sonreír todas las mañanas. Y es un camino que nos aleja cada día un poco más.

Pero la distancia más grande, la distancia más dolorosa y me atrevería a decir que es la que más soledad provoca es la distancia que se genera por esa ausencia de caricias ante una mirada que las pide a gritos. Por esa falta de besos que os devuelven a vuestra mujer. Por esos abrazos deseados que no somos capaces de entregar. Por esa conversación NO mantenidas a media noche llena de confidencias. Por esos secretos que hemos dejado de compartir en la intimidad del dormitorio. Esa es la distancia que más aleja.

Seguramente ambas partes hemos puesto nuestra gran dosis de tibieza. De un

“hoy no, estoy cansada” o de un “otro día, estoy estresado con el trabajo”. De un pequeño reproche silenciado en nuestro interior, que con el tiempo no solo no ha dejado de crecer, sino que lo alimentamos con nuestros rencores. De esos silencios cargados de indiferencia o esas miradas llenas de decepción. Pero ambos sabemos que nos queremos, que nos hemos querido y son sale una y otra vez la misma pregunta: pero donde está la persona con la que me casé.

Pues seguramente no esté ni volverá. Las personas evolucionamos, cambiamos a lo largo de la vida, y en muchas ocasiones nos encontramos con personas a nuestro lado que las hemos ido dejando de conocer, nos han dejado de interesar, por el trabajo, los hijos, etc. Y un día,  tumbados en la cama, nos damos cuenta que “Dany Suko” debió de fugarse hace años con Sandy y en su lugar nos encontramos con Harry el duro y la teniente O`Neil.

En fin, que el matrimonio no es fácil, eso lo sabemos todos, pero merece la pena. Merece la pena reencontrarnos, redescubrirnos. En muchas ocasiones volvernos a enamorar, con el tiempo veremos el atractivo de Clint Eastwood o la sensualidad de Demi Moore y descubriremos que ni ellos son los mismos ni nosotras somos como antes. Hemos crecido, hemos cambiado, hemos madurado, hemos envejecido y con ello las carnes se han aflojado y las barrigas han aparecido. Pero tienen su punto cuando las miras con los ojos de una persona que quiere querer. Cuando luchas porque QUIERO QUERER QUERERTE y no te dejas vencer por la tibieza, que es el gran alimento de la indiferencia.

4 comentarios en “La tibieza; un cáncer para el matrimonio.

    • Supongo que hay que entender que realidad ve cada uno. Muchas veces nuestra realidad y la de nuestra pareja tienen mucho que ver, tan solo lo vemos bajo formas diferentes. El matrimonio no es aguantar. Pero si es entender, es luchar, es amar, es ceder, es dar y recibir. Es aprender a andar por caminos nuevos y no digo que sea fácil. Pero si que merece la pena.

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