The nothing box

Alguna vez os he hablado de esta caja. Lo explica un Pastor Americano que se llama Mark  Gungor, cuando habla sobre las diferencias entre el cerebro masculino y el femenino. Explica que es una caja que solo tienen los hombres. Pero no solo eso, sino que solo entienden ellos, y cuando están en ella son capaces de pensar en NADA. Para nosotras está fuera del alcance de nuestra comprensión. No podemos entender que nuestro marido llegue a casa y después de la cena se vaya a su caja de la nada con el móvil a disfrutar de ese mundo de “virtual” que puede ser FB o Instagram o simplemente a ver la tele.

Nos resulta casi más incomprensible que no quiera hablar. Si sencillamente hablar, llevamos todo el día fuera y “debería” tener el deseo de contárnoslo TODO. Pero lejos de eso se mete en su caja de la nada para hacer “nada”. Aunque a veces no somos capaces de entender esa necesidad de -simplemente- evadirse. Dedicarse tiempo a rumiar sus pequeñas crisis personales que no quiere compartir con nosotras.

A veces no somos capaces de ver la necesidad que tienen de NO contarnos todas sus inquietudes. De no hacernos partícipes de sus dudas, de su estrés en el trabajo o tan solo que están agotados de todo en general. Que analizan su vida y a veces pensarán: “y esto es todo…” “ya lo he vivido todo??” los hijos la mujer el trabajo los viajes…. A veces pienso que nos hacen un favor en NO compartir estos pensamientos con nosotras. Ya que si recibimos esta información de una forma inadecuada, algo que puede ocurrir con bastante probabilidad, podemos establecer conclusiones erróneas.

Empezaremos a dramatizar la situación tildándola de Sigue leyendo

Y la enfermedad llegó a mi hogar para quedarse

Hoy os quiero contar la historia de unos amigos, Marta y Carlos.

Después de 4 años de novios, nos decidimos casar. Imagino que como muchas parejas. Comienzas tu vida al lado de la persona que amas y empiezas con tus planes. Ser una “súper profesional” en el mundo de la consultoría. Tu marido un crack de la banca. Empiezan a llegar los niños. Primero Carlos, que le pones el nombre de su padre, sabes que a él le hacía mogollón de ilusión. Luego llega tu hija Marta, que claro, ahora me toca a mí ponerle mi nombre.

Las cosas siguen el curso que tu habías planificado. Es más, estás tan ocupada con tu vida perfecta que no caben otros pensamientos ni que las cosas puedan cambiar. Pero a veces la vida te guarda sorpresas, sorpresas de esas que creemos que no estamos preparadas. La mía fue cuando llegó Carmen, mi tercera hija. Al principio todo parecía ir viento en popa, las cosas no podían ser de otra manera. Pero a las pocas semanas empiezas a ver que hay algo que no “cuadra” que no está bien.

Entonces vas a tu pediatra y tras varias pruebas y un resultado dramático es cuando se te abre un abismo bajo tus pies y ese mundo perfecto que habías construido se desploma tras cada palabra pronunciada por el médico. Cada tecnicismo se convierte en un eco en tus oídos y tus primeros pensamientos son: ¿y por qué a nosotros, por qué a ella? ¡¡¡si es solo un bebé!!!

Es ahí cuando llegan no solo las lágrimas, sino que con ellas llegan el miedo, la inseguridad, el dolor, la tristeza. Tras ese primer impacto nos ponemos manos a la obra. Pero a veces es una obra que no tiene fin, ya que hay cosas que no tienen cura, tan solo son así. Y las visitas a urgencias, los ingresos en el hospital, las noches en vela se acaban convirtiendo en tu rutina. Una rutina que te llena de dolor, de agotamiento. Pero también es una rutina que te separa de aquellos que también siguen a nuestro lado. De aquellos que también nos necesitan, pero que a veces tan solo nos desborda el dolor.

Pasan los meses y te acostumbras a vivir, con tu dolor, con las idas y venidas a los hospitales. Te acostumbras a estar SIEMPRE ahí, a ser imprescindible. Te acostumbras a no delegar, porque para ti es lo más importante, el cuidado de tu hija que te necesita. Pero yo me olvidé de ver que su padre también necesitaba cuidarla. Me olvidé de repartir mi amor a mis otros dos hijos y la distancia se convirtió en indiferencia. La indiferencia se convirtió en presión y la presión en una discusión constante.

Un día me di cuenta de que yo sola no podía. Me había dejado por el camino a la persona más importante. A mi marido. Él, que lo ha dado todo por mí. Que ha sufrido como yo y ha sufrido conmigo. Me olvidé de amarle, me olvidé de quererle. Sencillamente le fui sacando poco a poco y él se fue dejando alejar. Fue una decisión NO tomada por ambas parte. No fuimos conscientes de esa distancia hasta que un día explotamos. Explotamos de dolor, de amor

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Amar se aprende amando

¿Cómo te descolocan esos primeros sentimientos que te brotan del interior cuando vuelves a ver a amor de verano? De repente te das cuenta que te pone nerviosa solo mirarlo y hasta bajas la cabeza, sin dejar de mirar de reojo para ver con quien habla y a quien saluda. Estamos esperando que se fije en nosotras y nuestro corazón se dispara cuando se acerca a darnos dos besos después de estar todo el año sin vernos.

Es la primera vez que nos encostramos ante semejante avalancha de emociones y muchos de nosotros no sabíamos gestionarlos. A muchos de nosotros no nos han hablado o explicado cómo se ama. Pero si hemos tenido un ejemplo diario de entrega, de cariño, de amor, que han sido nuestros padres. Pero cuando teníamos 16 años a muchos nos hubiera venido bien que alguien nos hubiera despejado todas esas dudas que se acumulaban en cuestión de segundos cuando veíamos a nuestro “amor” del verano.

Amar se aprende hablando.  Hablando de nuestros sentimientos, de nuestros miedos, de nuestras inseguridades, de nuestros deseos. Amar se aprende hablando de los niños, pero se crece sabiendo hablar de nosotros sabiendo dedicarnos ese tiempo que hace no olvidarse del otro.

Amar se aprende escuchando. Escuchando a la persona amada, entendiendo sus miedos que al igual que tú también los tiene. Respetando sus inseguridades y comprendiendo sus deseos. Amar se aprende escuchando sus historias del trabajo o los problemas con su madre. Amar se aprende tan solo escuchando y siendo capaz de entender.

Amar se aprende sufriendo. Se aprende de los errores cometidos,

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Un día lo olvidé y empecé a usar las noches para dormir.

Cuantas noches en vela por ese hijo con fiebre. O cuantas noches sin dormir por ese “problema” de trabajo. Cuantas noches de insomnio por ese disgusto con nuestra madre que no te lo quitas de la cabeza. O cuantas horas de lectura a altas horas de la madrugada por esa novela que nos atrapa. Y cuantas noches dedicadas a las caricias con mi pareja, a la magia de ese amor que nos trasporta a una dimensión donde somos capaces de ser uno solo.

A lo largo de los años de matrimonio las cosas cambian, la edad, los niños, las horas de trabajo, la suegra, el dinero, la manera de amarnos, incluso las horas de sueño. Pero hay cosas que permanecen. Como son, esas horas que nos quitamos para velar a un hijo enfermo. Como son, esas idas y venidas en la cama esperando la llegada de nuestro hijo de 17 años. O como son, esas horas dedicadas al trabajo. Pero un día -sin saber muy bien porqué- suprimimos esas horas entregadas al amor de nuestra alcoba. Dejamos esas caricias que nos hacen femeninas. Abandonamos esos besos que nos hacen sentirnos deseados. Anulamos ese amor que nos hace pareja.

Un día nos olvidamos de ello y empezamos a usar las noches para dormir. Las hemos entregado al cansancio. A la pereza y a veces a la indiferencia. Nos olvidamos de una parte que nos hace ser mujer. Que nos hace ser esposo. Que nos hace ser amantes. Llega un día en el que las horas robadas se las devolvemos a la noche sin condiciones. Sin saber que hasta eso, puede tener un precio. El precio de la distancia.

La distancia que se gesta a base de olvidarnos de nosotros es una distancia que, si no hacemos nada, echa raíces. Unas raíces que crecen bajo tierra, bajo ese manto de silencio que se ha formado en Sigue leyendo

Como disfrutar de mi pareja y no morir de aburrimiento

Y yo, ¿me lo paso bien contigo? Hace cuanto tiempo que no salimos los dos solos a cenar, a tomaros un vinito, una copa y … ¿Por qué no?? Terminar en Snobissimo a las cinco de la mañana bailando los dos solos ¡¡¡¡pasando un rato divertido!!!!

¿Hace cuánto no compartimos confidencias con ella a la luz de una vela, mientras estamos deseosos de llevarla a la cama para decirla como nos excita esa manera que tiene de provocarnos tan solo con moverse el pelo?. O ¿hace cuánto no le sugerimos al oído que estamos esperando esa velada que nos devuelva al hombre que nos hizo reír y disfrutar de una manera que solo él es capaz?

La excusa. Simplemente es la excusa la que ha llegado a nuestro matrimonio. Es ella, la que lo justifica todo. Es ella, la que logra dar respuesta a cualquier problema y a la vez es una fiel aliada del matrimonio, de ese matrimonio que se debilita sin darse cuenta. La excusa tiene infinitos disfraces, creo que todos conocemos muchos de ellos. A veces se disfraza de cansancio. Otras veces, se ampara en frases como “es que no tengo tiempo para nada, la vida me come…” muchas otras, se viste de “Doña Tibieza” o “Don Trabajo”. Pero ¿Cuántas veces conseguimos disfrazarla de VOLUNTAD?

Es un trabajo de los dos, es un esfuerzo de ambos. Es una obligación de la pareja el DISFRUTAR JUNTOS. Es sanísimo reír,

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La soledad del dormitorio

Estoy convencida que no hay soledad más triste que aquella que te produce el vacío en la cama. Ese vació que provoca un marido que te acompaña todas las noches, pero no te roza. O el vacío de una mujer que está a tu lado, pero te ignora. Muchos matrimonios, convertidos en compañeros de piso, con gastos e hijos compartidos. Buena relación -quizá hasta como hermanos- en definitiva, tan solo comparten el día a día, pero han olvidado lo más importante. Se han olvidado de ellos, de quererse, de amarse de entregarse.

Una pareja tiene formas distintas de amarse y cada una tiene su importancia, ya que unas aportan al matrimonio seguridad, otras generosidad, fortaleza o confianza. Pero hay una manera de amar, que une al matrimonio de forma distinta a todas las demás y sobre todo es una unión completamente diferente a la que se pueda tener con cualquier otra persona, a un padre, hijo amigo, etc. Esa unión, es una unión de intima complicidad y es la que se va forjando cuando se ama con el cuerpo.

No siempre es fácil saber amar con el cuerpo. En muchas ocasiones hasta nos hemos olvidado de hacerlo y nos resulta complicado volver a romper esa barrera invisible levantada por nuestro orgullo e indiferencia. Y es esta soledad, la que más duele. Es una soledad que ataca a la autoestima, a la feminidad, a la hombría, al deseo, al cariño… Y acaba afectando al respeto y la convivencia.

Es esta soledad, la que silenciosamente debilita a una pareja, es ese silencio el que más

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La tibieza; un cáncer para el matrimonio.

¿Por qué a veces mueren los grandes amores? ¿Por qué esas parejas tan aparentemente “perfectas” se separan hasta el punto de la indiferencia? Un gran amor no suele morir de un infarto. En muchos casos, sencillamente muere poco a poco. Lo asfixiamos hasta dejarlo sin oxígeno. Pero ¿Cómo lo asfixiamos?

En muchas ocasiones tan solo muere por la falta de interés, por descuidar los pequeños detalles, esos que hacen de nuestra relación un lugar al que querer volver día a día. Empezamos a bajar el listón de “nuestro amor” y empezamos a dar por hecho que la otra parte tiene que abrazarme porque yo estoy agotada o pensamos que ella tiene que hacerme reír porque estoy estresado.

Nuestra relación tan solo se ha ido enfriando poco a poco. Primero con la llegada de los niños, donde a nosotras nos absorbe el tempo y vivimos agotadas. Donde vosotros muchas veces tan solo os dejáis llevar por el trabajo y el día a día. Luego vienen los cambios de casa, de trabajo, los niños llegan a la adolescencia y en muchas ocasiones crece esa distancia en la pareja por pequeños desacuerdos en los “tira y afloja” con ellos. Y de repente nos acercamos a la menopausia solas, con la incapacidad verbal de compartir con vosotros todas esas sensaciones nuevas que se escapan a nuestro control. O os veis valorados a través de los ojos de esa compañera de trabajo que os hace sonreír todas las mañanas. Y es un camino que nos aleja cada día un poco más.

Pero la distancia más grande, la distancia más dolorosa y me atrevería a decir que es la que más soledad provoca es la distancia que se genera por esa ausencia de caricias ante una mirada que las pide a gritos. Por esa falta de besos que os devuelven a vuestra mujer. Por esos abrazos deseados que no somos capaces de entregar. Por esa conversación NO mantenidas a media noche llena de confidencias. Por esos secretos que hemos dejado de compartir en la intimidad del dormitorio. Esa es la distancia que más aleja.

Seguramente ambas partes hemos puesto nuestra gran dosis de tibieza. De un Sigue leyendo

Cuando dejamos de ser pareja para ser SOLO padres

Hace algunos años, en la soledad de mi dormitorio hacía balance de los últimos años de matrimonio y no era capaz de ver cuando empezó esa pequeña pendiente que nos fue distanciando como pareja. Después de 20 años compartidos y tres hijos, me sigue resonando la misma frase: “Yo no quiero otra madre, quiero una esposa”. Y me sigue saliendo la misma frase de: “yo no quiero estar casada con una tarjeta de crédito”.

A veces vuelo al pasado, a esos años de novios, donde en nuestra vida solo había ojos y tiempo para nosotros. A esos primeros años de casados donde nuestra mirada cómplice lo decía todo. Donde la suavidad de sus caricias me desnudaba para compartir nuestra intimidad. Donde sus besos me hacían viajar a una pasión casi desconocida. Donde nuestros cuerpos se convertían en uno solo.

Pero me despierto en una realidad bien distinta. En una realidad donde comparto la cama con un desconocido. Donde las caricias han dejado paso a la indiferencia y los reproches. Donde las miradas se rehúyen y las conversaciones pendientes se evitan. E intento analizar cómo hemos llegado a este atasco emocional. Y me doy cuenta cuanta de la responsabilidad que hemos tenido los dos.

Las cosas no comenzaron por un hecho concreto, sino más bien cuando dejamos entrar en nuestras vidas a Sigue leyendo

Sexo sin amor. Amor sin sexo

En una relación de pareja tiene que haber un equilibrio entre el amor y el sexo. Creo que todos conocemos a “esa pareja” que, sin llevarse mal, son como compañeros de piso y se encuentran en la alcoba sin mucho más interés que apagar un deseo sexual. Por el contrario, nos encontramos parejas donde el sexo ha pasado a otra dimensión, aunque son parejas que se quieren y se demuestran un cariño enorme, son parejas que probablemente estén a años luz la una de la otra, sin compartir su intimidad desde hace años.

La propiedad conmutativa dice que: el orden de los factores no altera el producto. Pero creo que en este caso el producto, es decir, nuestro matrimonio, si se ve directamente alternado. Hoy quiero hablaros de sexo. Del sexo que se practica en el matrimonio, y del que olvidamos e incluso aparcamos con el paso de los años. Hoy quiero de hablaros de cómo se siente una mujer ante la indiferencia de un marido o la insistencia desconsiderada. Hoy quiero contaros a vosotros algunas de las “noches” que muchas mujeres esperan en el dormitorio.

A lo largo de nuestra relación nos encontramos con esas noches donde una mujer lo que necesita es “amor con sexo” es decir, Sigue leyendo

Mujer, Trabajadora y Madre perfecta… ¿Y dónde quedó lo de esposa?

¿No habéis tenido alguna vez la sensación que todo lo haces mal? Os reconozco que yo sí, y muchas veces. Tengo la sensación de que no llego a nada. Bueno a lo mejor es más correcto decir que llego a todo, pero MAL, muy mal. Y el resultado no deja contento a nadie, empezando por mí.

Me invade la sensación de que tengo que demostrar que no solo trabajo bien, sino que, además, me entusiasma la idea de ir todos los días a la oficina con una sonrisa y sin media actitud de queja, no vaya a ser que te clasifiquen de persona “tóxica”. Que soy una empleada perfecta con problemas perfectos o por lo menos que no se noten, como me dicen a veces “una viene llorada de casa”.

Además, tengo que tener unos hijos ideales vestidos, que sean guapos -sino parece que no es lo mismo- y que no falte; el que saquen buenas notas, no digan palabrotas, jueguen al fútbol, al golf, esquíen y por supuesto “delgados”. Porque si están fuera del rango de “normopeso” que podemos esperar de una madre que permite a su hija estar ¡¡¡fuera de ese baremo!!!

¿Y yo, como tengo que ser yo? Tengo que ser una madre entregada a mis hijos, porque “tienen” que ser lo mejor de mi vida. Por supuesto mi talla debe oscilar entre la 36-38, ya que como nos acerquemos a la 40 ¡¡¡¡¡Horrooooorrr!!!!!. Siempre ideales vestidas, taconazo, con nuestro toque sensual pero no ordinarias, elegantes para cada ocasión, pero sin rozar la extravagancia, pintadas a veces hasta el alicatado. Es decir, estar siempre preparadas para subir una foto a Instagram.

Pero ¿¿sabéis lo que echo de menos en esta vida perfecta?? A mi marido. Os soy sincera, me gusta mi trabajo y adoro a mis cuatro hijos, daría la vida por ellos, pero Sigue leyendo