¿Y por qué siempre tengo que tomar yo la iniciativa?

¿Cuántas de nuestras parejas nos han acusado de falta de iniciativa? ¿Cuántas veces nos dejamos vencer por la rutina y nos conformamos con un “desahogo”? ¿Cuántas veces hemos deseado que nuestros maridos nos cojan por la cintura, nos lleven con una firme delicadeza a la cama y nos hagan el amor haciéndonos sentir la mujer más especial e irresistible? O ¿Cuántas veces nuestros maridos han anhelado encontrarse a su mujer esperándoles en el dormitorio, tan solo, con unos tacones y con deseos de tenerlos entre nuestros brazos?

Soy consciente que la rutina en uno de nuestros grandes enemigos en el matrimonio. Pero no mayor que la soberbia de llevar siempre razón o de pensar que la culpa siempre es del otro. Y esto también ocurre en la alcoba, donde todo se mezcla y la gran baza que “solemos” tener una de las partes de la pareja, es utilizar la falta de sexo, la desidia o los desahogos rutinarios como medida de ¿presión, castigo…?

Sé que las parejas vamos aplazando nuestro encuentro íntimo, cuando el trabajo es absorbente, se incrementa con la llegada de los niños y en muchas ocasiones tiende a desaparecer cuando la pareja más lo necesita. Sé que a veces lo que hay; no es falta de ganas, sino en muchas ocasiones -la situación es tal- que hasta el simple roce puede llegar a producir rechazo. Pero también sé que está situación se puede cambiar.

Podemos empezar con una conversación tan simple y directa como ¿Cariño, que nos pasa, por qué ya no nos encontramos, es que ya no nos queremos?

Ante esta pregunta solo podemos tomar un camino correcto,  la Sigue leyendo

Y a la vuelta del verano… lo vi claro. Ya NO quiero querer quererte

Estoy  agotada de luchar. Estoy harto de tanto reproche. No aguantó más sus egoísmos. No soporto ese mal genio todo el día. Estamos cansados de no ser “felices” de estar todo el día a la defensiva, de no recibir una palabra de aliento, de estar discutiendo por todo y por nada, de no tener sexo, de los gritos, de los niños, de mis suegros… Son sentimientos con los que muchos de nosotros regresamos de las vacaciones de verano. Pero no olvidemos que nos fuimos con ellos, aunque algo más camuflados por la falta de tiempo.

Llevamos todo el año anhelando las “tan deseadas” vacaciones de verano. Donde todo “será” relax, descanso, sin el estrés de la oficina, sin preocupaciones, tan solo por delante unas semanas para disfrutar. Entonces, ¿por qué vuelvo con ese sentimiento que tanto daño me hace? ¿Por qué solo tengo ganas de tirar la toalla y de ver cómo se va por la puerta? ¿Por qué todo lo que hace me causa rechazo? ¿Por qué sus conversaciones no me interesan, es más ¡¡¡me enervan!!!? ¿Por que en mi cabeza ya he decidido que NO QUIERO QUERER QUERERTE?

¿Que nos ha ocurrido en estas vacaciones? NADA que no tuviéramos antes. Quizá nos sorprende porque algunos de nosotros hemos dejado en manos del “verano” nuestros problemas, pensando que por estar de vacaciones las tensiones del invierno se verían solucionadas de manera espontánea por dejar de ir a la oficina o simplemente por dejar de madrugar. Otros nos hemos empeñado en recuperar el tiempo -ese que el invierno Sigue leyendo

Hacer el AMOR… Termino en desuso.

Hacer el amor.

Insisto, vuelve a leerlo. Hacer el amor.

Por favor, ahora léelo mirando más allá del sexo. Hacer el amor.

Hoy en día esta frase se ha reducido tan solo a “sexo”, y si me apuráis, simplemente al coito. Y el significado de esta frase conlleva demasiada responsabilidad a una pareja, como para descafeinarla de la forma que lo hemos hecho, a lo largo de los últimos años. Actualmente se vende una imagen poco real de lo que es hacer el amor, donde se “supone” que todo tiene que ser placer, excitación y como no ¡¡PASIÓN!! Hay de nosotros cuando perdemos esta pasión. Pero el día a día nos devuelve a una realidad conyugal donde trabajan otros agentes como el cansancio, la desgana y nuestra gran enemiga LA RUTINA. Y entonces, las inseguridades comienzan cuando no sabemos gestionar este ideal que la “vida” nos intenta presentar como lo habitual, con la realidad de nuestra vida diaria.

Hacer el amor es mucho más que un simple orgasmo. Es una entrega mutua y generosa

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Cariño, se que te quiero. Pero… solo me salen reproches

¿Cuándo hemos pasado de ese momento dulce y de complicidad a este momento de irascibilidad constante y reproches continuos? ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos tenido una conversación serena y sin terminar sacando la lista de agravios? A veces romper esta dinámica en la que nos vemos inmersos -y sin saber muy bien como hemos llegado a ella- no es algo sencillo.

En muchas ocasiones uno de los principales motivos de no “saber” romper esta dinámica en la que vivimos y nos genera tanta ansiedad, es simple soberbia. Es una de las grandes enemigas de las relaciones, ya que nos predispone a pensar: “que sea él quien de el primer paso ya que la culpa es suya” o “estoy cansado de acercarme a ella para que termine rugiendo como un dragón”.

Y en muchas ocasiones nos olvidamos de la persona que tenemos en frente. Nos olvidamos vaciarnos un poco de nosotros mismos para pensar más en la otra parte. Nos olvidamos de preguntar: “cariño, ¿tú que necesitas de mi para poder mejorar nuestra relación?” A veces tan solo nos falta escuchar, pero escuchar con el corazón en la mano. Dispuestos a escuchar que nosotros también nos equivocamos. Dispuestos a escuchar que parte del mal estar de nuestra pareja viene provocado por nuestra actitud.

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Y después de 17 años casados… ¿Podemos seguir enamorados?

Hace unos días estuvimos cenando con un grupo de amigos y había un matrimonio que no conocía. Nos sentamos al lado de ellos y me encantaría compartir con vosotros lo que viví en la cena. Simplemente me fascinó.

Era una pareja de mi edad y ella embarazada. Habían venido a España a ver a su familia, porque ellos viven fuera.  Hasta aquí diría que de lo más común. Pero según iba avanzando la cena me empecé a fijar como ella, Helen, empezó a coquetear con su marido. Como le miraba, con una mirada femenina, sensual, con una insinuación sutil que solo su marido era capaz de entender.

Como en un momento determinado, su marido Mario, se levantó y al pasar por detrás de ella le susurró algo al oído que la hizo sonreír de una manera que se le veía la felicidad en los ojos, en su sonrisa, en su forma de encoger los hombros y atusarse el pelo.

Viendo este juego entre ambos, pensé “recién casados” y me lancé a preguntarla.

  • …. ¿Cuánto tiempo lleváis casados?
  • El 15 de julio hacemos 17 años

Reconozco que me llevé una sorpresa. Y seguimos conversando sobre su viaje, ya que venían desde Nueva Zelanda.

  • … ¿Que tal llevas el embarazo? Ha debido ser duro el viaje con los niños y embarazada?
  • Bueno no tanto porque los mayores han ayudado mucho con los pequeños…
  • ¿Pero cuántos hijos tenéis?
  • Este hace el número trece.

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¿Un matrimonio vacío? Es aquel que te quita la soledad, pero no te llena

¿Cuánto hay de vacío en nuestro matrimonio? ¿Cuánta lucha ponemos para no encontrar la soledad en nuestro dormitorio? ¿Cuántos de nosotros nos miramos y casi no nos conocemos? O ¿A cuántos de nosotros nos separa un abismo que nos vemos incapaces de cruzar? A lo largo de estos meses he visto parejas “perfectas”, absolutamente rotas por la soledad de sus matrimonios y como, ninguno de nosotros estamos libres de caer en las redes de la desgana y la desilusión.

El tiempo, a veces pasa sobre nuestro matrimonio sembrando confianza, sinceridad y nos hace cómplices con tan solo mirarnos. Otras veces tan solo pasa, y no somos capaces de ver las virtudes del paso del tiempo en nuestra pareja. Otras -ese tiempo- no nos parece suficiente  para poder dedicarnos a lo realmente importante. Pero el mayor enemigo que nos trae el tiempo no es que tan solo que pase, ni la falta de él. Sino que nos riega de rutina e indiferencia.

La rutina entra en nuestras vidas sin quererlo, y lo que es peor, sin saberlo. Empezamos con un simple:

  • “¿Y si lo dejamos para otro día ¿estoy muerta?”
  • Y seguimos por un: “Uff que pereza, ¿cancelamos la cena que vengo reventado del trabajo?”

Son frases que aparecen a lo largo de nuestra vida en común, ya que de novios Si se nos ocurría declinar ningún plan con nuestro AMOR, ¡¡¡¡CANSADA YO???!!!! Pero ya de casados hemos empezado a convivir con la pereza de esforzarnos por el otro. Hemos dejado pasar al conformismo y sobreentender que “seguro que no le importa”.

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¿Matrimonio o Combate?

Cuantas veces nos vemos inmersas en una crisis con nuestra pareja donde las palabras se convierten en un arma arrojadiza, las miradas en lo más parecido a dardos envenenados y los desprecios en el final de una batalla. A veces más que un matrimonio parece un combate de lucha libre entre dos personas que nos dijimos un día que nos íbamos a respetar, a cuidar, a querer, en la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo… ¿Nos suena verdad?

Está claro que a lo largo de nuestra vida en común no todo es un camino de rosas, a veces nos tocan espinas, pero lo importante de la rosa es saber cuidarla con sus espinas. Algo parecido pasa con un matrimonio, cuando nos tocan espinas lo importante es saber podar esa espina, y hacerlo entre ambos. De nada servirá que haya uno de nosotros que se dedique a podar las espinas, ya que se cansará de hacerlo y solo conseguirá abandonar la poda con un sentimiento de reproche a hacía su pareja.

Pero todos nosotros tenemos en nuestro interior un pequeño antídoto perfecto ante cualquier batalla, es el AMOR. Dicen que el amor lo puede todo, y creo que parte de razón hay en esta afirmación. He visto madres  que luchan hasta la extenuación por un hijo enfermo. He visto maridos a los pies de la cama de su esposa hasta su último adiós. He visto hermanos que luchan juntos por seguir adelante. Y todos ellos tenían la misma fuerza motor, es ese amor que sentían hacía sus seres queridos.

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¡Sensible yo!… No se porque lo dices

Creo que cualquier pareja –me atrevería a decir que casi todas- a lo largo de su vida hemos mantenido una conversación de este estilo;

  • Hola cariño, ¿qué hay de cenar?
  • Pues lo que haya. Pero vamos, yo, el día… bien, aunque veo que no te interesa mucho.

En este momento os saltan las alarmas.

  • ¿Qué te pasa hoy, estás en uno de esos días?
  • ¿Cómo que en uno de esos días? ¡Qué días!
  • Pues en unos de esos días “vuestros” que estáis más sensibles, ya sabes…
  • No me digas que estoy sensible porque no lo estoy, lo que pasa que tú solo piensas en ti, que no tienes la más mínima delicadeza, desde luego…
  • Pero si no he dicho nada!!!!
  • Claro, ahora que si no he dicho nada, que si estoy histérica, que ¿Qué hay de cenar? Me preguntas que, ¡¡¡qué hay de cenar!!! Ni un beso, ni un “que tal estás…”

Si, es verdad, tenemos “esos días” donde estamos más sensibles, donde –a veces- nos vemos sobrepasadas por nosotras mismas. Donde tenemos esos seres microscópicos, llamados hormonas, saliendo de su caja de pandora y campando a sus anchas por nuestro cuerpo y provocando el caos anímico. Son las mensajeras de la anarquía sentimental. Hacen de nosotras dragones con cuerpo de mujer, capaces de pasar de la risa al llanto en cuestión de segundos.

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La infidelidad no siempre empieza en la cama

¿Cuántas parejas conocemos rotas por los cruces de caminos? ¿Cuántas hemos sentido ganas de volver al trabajo al día siguiente para tomarnos ese café inocente? O ¿Cuántos de vosotros retrasáis la llegada a casa por seguir disfrutando de esa cerveza con una compañera de trabajo?

Los cafés, los cigarritos con los compañeros, las cervezas de los jueves, etc. son pequeños actos diarios, dentro de lo cotidiano e incluso rutinarios. Pero hay un refrán que dice <<el roce hace el cariño>>. Creo que no puede ser más acertado. La infidelidad en la mayoría de las ocasiones se empieza a gestar con pequeños detalles, que son los que en definitiva sustentan cualquier relación, ya sea de amistad, de amor o de compañeros.

Cuando empezamos una relación, todos, me atrevería a decir que sin excepción, empezamos ilusionados, teniendo en frente a la persona ideal para ser felices. Si es algo borde, le disculpamos diciendo: “es que es muy suyo”. Si es muy celosa lo haremos diciendo: “es que me quiere mucho”. Pero siempre en positivo y queriéndole con sus defectos -aunque tardemos en verlos- y solo teniendo ojos para nuestra pareja.

Pero llegará un día la rutina a nuestras vidas, muchas veces disfrazada de estabilidad. No la vemos venir, no vemos como se instala en nuestras vidas, como va borrando poco a poco la ilusión de preocuparnos por estar guapas para vosotros o como dejáis de cuidar esos detalles que tanto nos gustan. Como empiezan a crecer las frases de reproches y como el rencor se cuela en nuestros pensamientos sin apenas darnos cuenta. Como nos miramos un día y lo único que pensamos es… ¿Y esto… es todo?

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Si no quieres espinas, no aceptes rosas

¿Quién de nosotras se imagina que el amor que vosotros sentís, un día se puede tornar en desidia y resignación? O ¿Quién de vosotros puede comprender como nosotras hemos sido capaces de desplazaros en nuestras prioridades? Cuando se comienza en esta andadura del matrimonio, todo ¡¡¡es perfecto, es maravilloso!!! pero la vida es algo más que un cuento de hadas. Donde cualquier cuento que se precie termina con un “Se casaron… y fueron felices y comieron perdices”. Pero lo que nunca nos cuentan es como llegan a ser felices.

Lo que tengo claro es que la felicidad no es permanente. Creo que, en ocasiones, confundimos la felicidad con la falta de problemas. Si todo sale como queremos y cuando queremos, entonces nos “sentimos felices” pero es una sensación pasajera, una sensación que no permanece. Al igual pasa en las relaciones de pareja. Cuando sentimos “mariposas” en el estomago es que seguimos enamoradas, pero llegará un día en que esas mariposas vuelen para dar paso a un amor más sereno y maduro. Y si no estamos preparados, seguiremos buscando esas mariposas que un día él nos hizo sentir. O buscaréis esa sensación en una mujer que os estremece el cuerpo solo con mirarla.

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