Cariño, se que te quiero. Pero… solo me salen reproches

¿Cuándo hemos pasado de ese momento dulce y de complicidad a este momento de irascibilidad constante y reproches continuos? ¿Cuándo ha sido la última vez que hemos tenido una conversación serena y sin terminar sacando la lista de agravios? A veces romper esta dinámica en la que nos vemos inmersos -y sin saber muy bien como hemos llegado a ella- no es algo sencillo.

En muchas ocasiones uno de los principales motivos de no “saber” romper esta dinámica en la que vivimos y nos genera tanta ansiedad, es simple soberbia. Es una de las grandes enemigas de las relaciones, ya que nos predispone a pensar: “que sea él quien de el primer paso ya que la culpa es suya” o “estoy cansado de acercarme a ella para que termine rugiendo como un dragón”.

Y en muchas ocasiones nos olvidamos de la persona que tenemos en frente. Nos olvidamos vaciarnos un poco de nosotros mismos para pensar más en la otra parte. Nos olvidamos de preguntar: “cariño, ¿tú que necesitas de mi para poder mejorar nuestra relación?” A veces tan solo nos falta escuchar, pero escuchar con el corazón en la mano. Dispuestos a escuchar que nosotros también nos equivocamos. Dispuestos a escuchar que parte del mal estar de nuestra pareja viene provocado por nuestra actitud.

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Y después de 17 años casados… ¿Podemos seguir enamorados?

Hace unos días estuvimos cenando con un grupo de amigos y había un matrimonio que no conocía. Nos sentamos al lado de ellos y me encantaría compartir con vosotros lo que viví en la cena. Simplemente me fascinó.

Era una pareja de mi edad y ella embarazada. Habían venido a España a ver a su familia, porque ellos viven fuera.  Hasta aquí diría que de lo más común. Pero según iba avanzando la cena me empecé a fijar como ella, Helen, empezó a coquetear con su marido. Como le miraba, con una mirada femenina, sensual, con una insinuación sutil que solo su marido era capaz de entender.

Como en un momento determinado, su marido Mario, se levantó y al pasar por detrás de ella le susurró algo al oído que la hizo sonreír de una manera que se le veía la felicidad en los ojos, en su sonrisa, en su forma de encoger los hombros y atusarse el pelo.

Viendo este juego entre ambos, pensé “recién casados” y me lancé a preguntarla.

  • …. ¿Cuánto tiempo lleváis casados?
  • El 15 de julio hacemos 17 años

Reconozco que me llevé una sorpresa. Y seguimos conversando sobre su viaje, ya que venían desde Nueva Zelanda.

  • … ¿Que tal llevas el embarazo? Ha debido ser duro el viaje con los niños y embarazada?
  • Bueno no tanto porque los mayores han ayudado mucho con los pequeños…
  • ¿Pero cuántos hijos tenéis?
  • Este hace el número trece.

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¿Un matrimonio vacío? Es aquel que te quita la soledad, pero no te llena

¿Cuánto hay de vacío en nuestro matrimonio? ¿Cuánta lucha ponemos para no encontrar la soledad en nuestro dormitorio? ¿Cuántos de nosotros nos miramos y casi no nos conocemos? O ¿A cuántos de nosotros nos separa un abismo que nos vemos incapaces de cruzar? A lo largo de estos meses he visto parejas “perfectas”, absolutamente rotas por la soledad de sus matrimonios y como, ninguno de nosotros estamos libres de caer en las redes de la desgana y la desilusión.

El tiempo, a veces pasa sobre nuestro matrimonio sembrando confianza, sinceridad y nos hace cómplices con tan solo mirarnos. Otras veces tan solo pasa, y no somos capaces de ver las virtudes del paso del tiempo en nuestra pareja. Otras -ese tiempo- no nos parece suficiente  para poder dedicarnos a lo realmente importante. Pero el mayor enemigo que nos trae el tiempo no es que tan solo que pase, ni la falta de él. Sino que nos riega de rutina e indiferencia.

La rutina entra en nuestras vidas sin quererlo, y lo que es peor, sin saberlo. Empezamos con un simple:

  • “¿Y si lo dejamos para otro día ¿estoy muerta?”
  • Y seguimos por un: “Uff que pereza, ¿cancelamos la cena que vengo reventado del trabajo?”

Son frases que aparecen a lo largo de nuestra vida en común, ya que de novios Si se nos ocurría declinar ningún plan con nuestro AMOR, ¡¡¡¡CANSADA YO???!!!! Pero ya de casados hemos empezado a convivir con la pereza de esforzarnos por el otro. Hemos dejado pasar al conformismo y sobreentender que “seguro que no le importa”.

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¿Matrimonio o Combate?

Cuantas veces nos vemos inmersas en una crisis con nuestra pareja donde las palabras se convierten en un arma arrojadiza, las miradas en lo más parecido a dardos envenenados y los desprecios en el final de una batalla. A veces más que un matrimonio parece un combate de lucha libre entre dos personas que nos dijimos un día que nos íbamos a respetar, a cuidar, a querer, en la salud y en la enfermedad, en lo bueno y en lo malo… ¿Nos suena verdad?

Está claro que a lo largo de nuestra vida en común no todo es un camino de rosas, a veces nos tocan espinas, pero lo importante de la rosa es saber cuidarla con sus espinas. Algo parecido pasa con un matrimonio, cuando nos tocan espinas lo importante es saber podar esa espina, y hacerlo entre ambos. De nada servirá que haya uno de nosotros que se dedique a podar las espinas, ya que se cansará de hacerlo y solo conseguirá abandonar la poda con un sentimiento de reproche a hacía su pareja.

Pero todos nosotros tenemos en nuestro interior un pequeño antídoto perfecto ante cualquier batalla, es el AMOR. Dicen que el amor lo puede todo, y creo que parte de razón hay en esta afirmación. He visto madres  que luchan hasta la extenuación por un hijo enfermo. He visto maridos a los pies de la cama de su esposa hasta su último adiós. He visto hermanos que luchan juntos por seguir adelante. Y todos ellos tenían la misma fuerza motor, es ese amor que sentían hacía sus seres queridos.

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¡Sensible yo!… No se porque lo dices

Creo que cualquier pareja –me atrevería a decir que casi todas- a lo largo de su vida hemos mantenido una conversación de este estilo;

  • Hola cariño, ¿qué hay de cenar?
  • Pues lo que haya. Pero vamos, yo, el día… bien, aunque veo que no te interesa mucho.

En este momento os saltan las alarmas.

  • ¿Qué te pasa hoy, estás en uno de esos días?
  • ¿Cómo que en uno de esos días? ¡Qué días!
  • Pues en unos de esos días “vuestros” que estáis más sensibles, ya sabes…
  • No me digas que estoy sensible porque no lo estoy, lo que pasa que tú solo piensas en ti, que no tienes la más mínima delicadeza, desde luego…
  • Pero si no he dicho nada!!!!
  • Claro, ahora que si no he dicho nada, que si estoy histérica, que ¿Qué hay de cenar? Me preguntas que, ¡¡¡qué hay de cenar!!! Ni un beso, ni un “que tal estás…”

Si, es verdad, tenemos “esos días” donde estamos más sensibles, donde –a veces- nos vemos sobrepasadas por nosotras mismas. Donde tenemos esos seres microscópicos, llamados hormonas, saliendo de su caja de pandora y campando a sus anchas por nuestro cuerpo y provocando el caos anímico. Son las mensajeras de la anarquía sentimental. Hacen de nosotras dragones con cuerpo de mujer, capaces de pasar de la risa al llanto en cuestión de segundos.

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La infidelidad no siempre empieza en la cama

¿Cuántas parejas conocemos rotas por los cruces de caminos? ¿Cuántas hemos sentido ganas de volver al trabajo al día siguiente para tomarnos ese café inocente? O ¿Cuántos de vosotros retrasáis la llegada a casa por seguir disfrutando de esa cerveza con una compañera de trabajo?

Los cafés, los cigarritos con los compañeros, las cervezas de los jueves, etc. son pequeños actos diarios, dentro de lo cotidiano e incluso rutinarios. Pero hay un refrán que dice <<el roce hace el cariño>>. Creo que no puede ser más acertado. La infidelidad en la mayoría de las ocasiones se empieza a gestar con pequeños detalles, que son los que en definitiva sustentan cualquier relación, ya sea de amistad, de amor o de compañeros.

Cuando empezamos una relación, todos, me atrevería a decir que sin excepción, empezamos ilusionados, teniendo en frente a la persona ideal para ser felices. Si es algo borde, le disculpamos diciendo: “es que es muy suyo”. Si es muy celosa lo haremos diciendo: “es que me quiere mucho”. Pero siempre en positivo y queriéndole con sus defectos -aunque tardemos en verlos- y solo teniendo ojos para nuestra pareja.

Pero llegará un día la rutina a nuestras vidas, muchas veces disfrazada de estabilidad. No la vemos venir, no vemos como se instala en nuestras vidas, como va borrando poco a poco la ilusión de preocuparnos por estar guapas para vosotros o como dejáis de cuidar esos detalles que tanto nos gustan. Como empiezan a crecer las frases de reproches y como el rencor se cuela en nuestros pensamientos sin apenas darnos cuenta. Como nos miramos un día y lo único que pensamos es… ¿Y esto… es todo?

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Si no quieres espinas, no aceptes rosas

¿Quién de nosotras se imagina que el amor que vosotros sentís, un día se puede tornar en desidia y resignación? O ¿Quién de vosotros puede comprender como nosotras hemos sido capaces de desplazaros en nuestras prioridades? Cuando se comienza en esta andadura del matrimonio, todo ¡¡¡es perfecto, es maravilloso!!! pero la vida es algo más que un cuento de hadas. Donde cualquier cuento que se precie termina con un “Se casaron… y fueron felices y comieron perdices”. Pero lo que nunca nos cuentan es como llegan a ser felices.

Lo que tengo claro es que la felicidad no es permanente. Creo que, en ocasiones, confundimos la felicidad con la falta de problemas. Si todo sale como queremos y cuando queremos, entonces nos “sentimos felices” pero es una sensación pasajera, una sensación que no permanece. Al igual pasa en las relaciones de pareja. Cuando sentimos “mariposas” en el estomago es que seguimos enamoradas, pero llegará un día en que esas mariposas vuelen para dar paso a un amor más sereno y maduro. Y si no estamos preparados, seguiremos buscando esas mariposas que un día él nos hizo sentir. O buscaréis esa sensación en una mujer que os estremece el cuerpo solo con mirarla.

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Cariño, no se que ponerme…

  • Cariño date prisa que llegamos tarde a cenar!!!
  • Ya voy es que no se que ponerme, todo me queda mal.
  • Ponte cualquier cosa, será por ropa!!! Ponte ese vestido.
  • No, ese no, que me hace gorda.
  • Pero si te lo pusiste el otro día y te encantaba!!!
  • Ya, pero hoy no es el otro día, y hoy, me queda fatal…..

¡¡¡A ver chicos!!!. Por favor no ayuda NADA que nos digáis que nos pongamos ¡¡¡cualquier cosa!!! Y mucho menos que nos metáis presión con que llegamos tarde, lo sabemos y seguramente en esos momentos ¡¡¡¡nos da igual!!!!

Vuestro objetivo es salir pronto de casa y no llegar tarde. El nuestro es estar monas, sentirnos bien, a la par que elegantes y por supuesto que nos digáis –con convicción- que estamos guapísimas. Así que esto es fácil. Sigue leyendo

La intimidad del dormitorio nos hace ser cómplices

¿Os acordáis de esas miradas en el desayuno que nos invita a trasladarnos –con una media sonrisa-  a “ESA” noche con nuestra pareja? ¿Donde todo ha sido armonía, donde nuestra entrega ha sido plena, donde la pasión ha entrado sin reparos ni perezas y donde nuestra unión ha sido completamente sincera?

Cuando estamos en esos momentos tan dulces de la relación, tenemos que grabarlos en nuestra retina por qué –en muchas ocasiones- serán esos recuerdos vividos los que nos rescaten del bache que un día atravesemos. Hay que construir sobre cimientos reales y no sobre falsas ilusiones, no dejarnos vencer por la desgana y la desilusión, no convencernos de que ya no estamos enamorados hasta el punto de alejarnos del dormitorio. Alguna vez he comentado que las relaciones sexuales, son un buen termómetro que nos hace ver la situación por la que atraviesa nuestro matrimonio.

La cercanía de una pareja se forja con el diálogo, con la cesión, con el respeto, con el saber entender, pero hay algo especial que solo se puede forjar en la intimidad del dormitorio. Todos sabemos que hay una unión íntima en la entrega de una pareja. Esa entrega es la máxima expresión de amor que podemos tener. Y es, en el dormitorio, donde somos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos, o de convertirnos en hielo y sin tan si quiera rozarnos.

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Déjame… Estoy agotada

¿Cuántas veces nos encontramos con esta frase? ¿Cuántas veces hemos puesto de excusa el cansancio, los hijos, el trabajo y como no, ese dolor de cabeza tan femenino y oportuno a nuestro mal humor, o ese exceso de trabajo repentino que os hace llegar siempre tarde a casa?

Llega un momento en el matrimonio que nos cansamos. Tan solo eso, nos cansamos. Nos cansamos de ceder, nos cansamos de entregar, nos cansamos de luchar, nos cansamos de acostarnos con vosotros y entramos en una fase de autoevaluación y crítica que en ocasiones podemos ser injustas, no solo con nuestra pareja, sino con los que nos rodean y especialmente con nosotras mismas.

Normalmente empezamos con esa fase de queja constante donde parece que  todo lo que nos sucede y no nos gusta, suele ser por culpa de otros. Estamos agotadas porque nuestro marido no nos ayuda. Solemos estar irritadas porque los niños no obedecen, y claro, su padre nunca está. Empezamos a sentirnos solas y a ladrar a todo aquel que tenemos cerca y en especial a vosotros. Pero aquí tenéis un papel clave, que muchos pasáis por alto –seguramente por el mimo motivo que nosotras, el cansancio- y seguís andando. No veis a vuestra mujer agotada y sola, no veis a vuestra mujer demandando vuestra atención, tan solo veis un dragón que –en el mejor de los casos- solo echa fuego por la boca. Y en lugar de preguntar; ”¿Quieres que hablemos?” o de tendernos esa mano que anhelamos, sin embargo os dais la vuelta y miráis a otro lado.

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