La infidelidad no siempre empieza en la cama

¿Cuántas parejas conocemos rotas por los cruces de caminos? ¿Cuántas hemos sentido ganas de volver al trabajo al día siguiente para tomarnos ese café inocente? O ¿Cuántos de vosotros retrasáis la llegada a casa por seguir disfrutando de esa cerveza con una compañera de trabajo?

Los cafés, los cigarritos con los compañeros, las cervezas de los jueves, etc. son pequeños actos diarios, dentro de lo cotidiano e incluso rutinarios. Pero hay un refrán que dice <<el roce hace el cariño>>. Creo que no puede ser más acertado. La infidelidad en la mayoría de las ocasiones se empieza a gestar con pequeños detalles, que son los que en definitiva sustentan cualquier relación, ya sea de amistad, de amor o de compañeros.

Cuando empezamos una relación, todos, me atrevería a decir que sin excepción, empezamos ilusionados, teniendo en frente a la persona ideal para ser felices. Si es algo borde, le disculpamos diciendo: “es que es muy suyo”. Si es muy celosa lo haremos diciendo: “es que me quiere mucho”. Pero siempre en positivo y queriéndole con sus defectos -aunque tardemos en verlos- y solo teniendo ojos para nuestra pareja.

Pero llegará un día la rutina a nuestras vidas, muchas veces disfrazada de estabilidad. No la vemos venir, no vemos como se instala en nuestras vidas, como va borrando poco a poco la ilusión de preocuparnos por estar guapas para vosotros o como dejáis de cuidar esos detalles que tanto nos gustan. Como empiezan a crecer las frases de reproches y como el rencor se cuela en nuestros pensamientos sin apenas darnos cuenta. Como nos miramos un día y lo único que pensamos es… ¿Y esto… es todo?

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Si no quieres espinas, no aceptes rosas

¿Quién de nosotras se imagina que el amor que vosotros sentís, un día se puede tornar en desidia y resignación? O ¿Quién de vosotros puede comprender como nosotras hemos sido capaces de desplazaros en nuestras prioridades? Cuando se comienza en esta andadura del matrimonio, todo ¡¡¡es perfecto, es maravilloso!!! pero la vida es algo más que un cuento de hadas. Donde cualquier cuento que se precie termina con un “Se casaron… y fueron felices y comieron perdices”. Pero lo que nunca nos cuentan es como llegan a ser felices.

Lo que tengo claro es que la felicidad no es permanente. Creo que, en ocasiones, confundimos la felicidad con la falta de problemas. Si todo sale como queremos y cuando queremos, entonces nos “sentimos felices” pero es una sensación pasajera, una sensación que no permanece. Al igual pasa en las relaciones de pareja. Cuando sentimos “mariposas” en el estomago es que seguimos enamoradas, pero llegará un día en que esas mariposas vuelen para dar paso a un amor más sereno y maduro. Y si no estamos preparados, seguiremos buscando esas mariposas que un día él nos hizo sentir. O buscaréis esa sensación en una mujer que os estremece el cuerpo solo con mirarla.

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Cariño, no se que ponerme…

  • Cariño date prisa que llegamos tarde a cenar!!!
  • Ya voy es que no se que ponerme, todo me queda mal.
  • Ponte cualquier cosa, será por ropa!!! Ponte ese vestido.
  • No, ese no, que me hace gorda.
  • Pero si te lo pusiste el otro día y te encantaba!!!
  • Ya, pero hoy no es el otro día, y hoy, me queda fatal…..

¡¡¡A ver chicos!!!. Por favor no ayuda NADA que nos digáis que nos pongamos ¡¡¡cualquier cosa!!! Y mucho menos que nos metáis presión con que llegamos tarde, lo sabemos y seguramente en esos momentos ¡¡¡¡nos da igual!!!!

Vuestro objetivo es salir pronto de casa y no llegar tarde. El nuestro es estar monas, sentirnos bien, a la par que elegantes y por supuesto que nos digáis –con convicción- que estamos guapísimas. Así que esto es fácil. Sigue leyendo

La intimidad del dormitorio nos hace ser cómplices

¿Os acordáis de esas miradas en el desayuno que nos invita a trasladarnos –con una media sonrisa-  a “ESA” noche con nuestra pareja? ¿Donde todo ha sido armonía, donde nuestra entrega ha sido plena, donde la pasión ha entrado sin reparos ni perezas y donde nuestra unión ha sido completamente sincera?

Cuando estamos en esos momentos tan dulces de la relación, tenemos que grabarlos en nuestra retina por qué –en muchas ocasiones- serán esos recuerdos vividos los que nos rescaten del bache que un día atravesemos. Hay que construir sobre cimientos reales y no sobre falsas ilusiones, no dejarnos vencer por la desgana y la desilusión, no convencernos de que ya no estamos enamorados hasta el punto de alejarnos del dormitorio. Alguna vez he comentado que las relaciones sexuales, son un buen termómetro que nos hace ver la situación por la que atraviesa nuestro matrimonio.

La cercanía de una pareja se forja con el diálogo, con la cesión, con el respeto, con el saber entender, pero hay algo especial que solo se puede forjar en la intimidad del dormitorio. Todos sabemos que hay una unión íntima en la entrega de una pareja. Esa entrega es la máxima expresión de amor que podemos tener. Y es, en el dormitorio, donde somos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos, o de convertirnos en hielo y sin tan si quiera rozarnos.

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Déjame… Estoy agotada

¿Cuántas veces nos encontramos con esta frase? ¿Cuántas veces hemos puesto de excusa el cansancio, los hijos, el trabajo y como no, ese dolor de cabeza tan femenino y oportuno a nuestro mal humor, o ese exceso de trabajo repentino que os hace llegar siempre tarde a casa?

Llega un momento en el matrimonio que nos cansamos. Tan solo eso, nos cansamos. Nos cansamos de ceder, nos cansamos de entregar, nos cansamos de luchar, nos cansamos de acostarnos con vosotros y entramos en una fase de autoevaluación y crítica que en ocasiones podemos ser injustas, no solo con nuestra pareja, sino con los que nos rodean y especialmente con nosotras mismas.

Normalmente empezamos con esa fase de queja constante donde parece que  todo lo que nos sucede y no nos gusta, suele ser por culpa de otros. Estamos agotadas porque nuestro marido no nos ayuda. Solemos estar irritadas porque los niños no obedecen, y claro, su padre nunca está. Empezamos a sentirnos solas y a ladrar a todo aquel que tenemos cerca y en especial a vosotros. Pero aquí tenéis un papel clave, que muchos pasáis por alto –seguramente por el mimo motivo que nosotras, el cansancio- y seguís andando. No veis a vuestra mujer agotada y sola, no veis a vuestra mujer demandando vuestra atención, tan solo veis un dragón que –en el mejor de los casos- solo echa fuego por la boca. Y en lugar de preguntar; ”¿Quieres que hablemos?” o de tendernos esa mano que anhelamos, sin embargo os dais la vuelta y miráis a otro lado.

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¡¡Cuando nos casemos!!… Seguro que cambia

Enamorados, somos capaces de comprar la ilusión de que todo cambiará. Cuántos de nosotros hemos pensado: “bueno cuando nos casemos, ya cambiará” o “cuando tenga el primer hijo llegará antes a casa” o “cuando los niños sean mayores me dedicará más tiempo” o “cuando se jubile….” Pero no solo no se cambia, sino que la cosa va a más, y te das cuenta en el momento que te ves gritando “¡¡¡¡Cariño, que crees, que los calcetines andan solos a la lavadora!!!!”.

Cuando nos casamos, algunos sois desordenados, otros tenéis el sentido del humor algo ajustado y la mayoría tenéis una falta de romanticismo que es preocupante. Pero a muchas -en el momento de casarnos- todo eso nos da igual, porque estamos locamente enamoradas y pensamos, “bueno ya cambiará”. Con el paso de los años, muchas de nostras pretendemos convertir a nuestras parejas en maniáticos del orden. En esos maridos divertidos que llenan las veladas. Y como no, en ese marido atento, que se da cuenta en cada momento de nuestras necesidades, ya sean bien para recibir un abrazo, una mirada que lo comprende todo, y porque no, que además no gruña cuando ve el extracto de la visa.

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Carta a los Reyes Magos

¿Quien no comienza el año nuevo con “nuestra particular” carta a los Reyes Magos. Donde le pedimos de todo, desde que nos toque la lotería, pasando por una dosis extra de salud y terminando por pedirle que se lleve los kilos que Papá Noel nos ha ido dejando año tras año al comienzo de cada Navidad?

La mayoría de nosotros de cara al año nuevo nos llenamos de propósitos del estilo de:

– Este año dejo de fumar. Eso sí, el día 2 que cae en lunes.

– De este año no pasa. Voy a hacer deporte todos los días, es más ya me he apuntado al gimnasio y he pagado todo el año por adelantado . ¡¡¡Es que me hacían descuento y eso me obliga a ir!!! Etc.…

…Y a lo largo de estas navidades me llegó el siguiente vídeo:

¿Tú que le regalarías?

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Feliz Navidad

No podía titular este post de otra manera. Estas son fechas donde se nos acentúan sentimientos como la generosidad o la alegría. Donde se nos suaviza el corazón y nos volcamos con los demás. Donde enviamos a todo el mundo felicitaciones especiales por mail, WhatsApp o notas de voz.

Pero muchas veces nos olvidamos de los más cercanos. Nos olvidamos de agradecer a nuestros compañeros esa sonrisa que tienen preparada  a nuestra llegada cada mañana.  Nos olvidamos de agradecer a nuestra familia su infinita paciencia con nuestras manías. Nos olvidamos de dar las gracias a nuestras amigas que están ahí de forma incondicional. Nos olvidamos de abrazar a nuestros hijos como fruto del amor. Pero sobre todo nos solemos olvidar de la persona que tenemos a nuestro lado. A veces nos olvidamos que tenemos que “recordar”.

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Decir te quiero, es decir te necesito

¿Cuántas veces le hemos dicho a nuestro marido que le queremos? … Cientos? Miles? Seguramente la mayoría de nosotras si calculásemos ese número, tendería a infinito. No, no os voy a hacer esta misma pregunta a vosotros, ya que todos sabemos que la respuesta sería menos, mucho menos, muchiiisimo menos. También es verdad que eso no mide nuestra capacidad de amar.

Pero ¿cuántas veces nos hemos dicho “te quiero” cuando lo que nos saldría –en el mejor de los casos- es un ladrido?. ¿Cuántas veces estamos dispuestos a ceder y a perdonar o cuántas veces estamos dispuestos a comprender y ponernos en “los zapatos” del otro? Aquí el número de “te quieros” que cualquiera de nosotros es capaz de decir ya es bien distinto.

Lo difícil de decir te quiero en esas situaciones donde nos sentimos dolidas, donde os sentís tan alejados de nosotras, donde la lista de agravios es demasiado larga, no es pronunciar las palabras, es desnudar nuestra alma y mostrarnos frágiles. Es abrir nuestro corazón y reconocer que nos necesitamos, es tenderle la mano para pedir perdón y recogerla sabiendo perdonar.

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Dame un abrazo y se tan solo mi refugio.

Quiero empezar con la típica conversación de pareja. Un día cualquiera llegamos de trabajar y os decimos algo así:

  • Menudo día que he tenido hoy. No veas la que he tenido con mi jefe.
  • ¿Qué ha pasado?
  • No te lo vas a creer, es un borde.
  • ¿Pero que te ha dicho?
  • ¡Que que me ha dicho!!!!! Me ha dicho que …
  • A ver, también tienes que entenderle. Tiene mucha presión…
  • ¿Cómo quieres que le entienda? ¿Qué me quieres decir, qué tiene razón? Ahora me dirás que la culpa es mía y que estoy sensible…

A ver, cuando cualquiera de nosotras llega a casa y ha tenido una movida con su jefe; da igual el motivo, da igual el por qué, es más, da igual incluso si tiene razón. Si nos veis que acudimos a vosotros, con cierto grado de “nerviosismo” para contaros un problema con nuestro jefe, no nos deis “consejitos” que nos hagan pensar que igual no tenemos toda la razón.

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