La intimidad del dormitorio nos hace ser cómplices

¿Os acordáis de esas miradas en el desayuno que nos invita a trasladarnos –con una media sonrisa-  a “ESA” noche con nuestra pareja? ¿Donde todo ha sido armonía, donde nuestra entrega ha sido plena, donde la pasión ha entrado sin reparos ni perezas y donde nuestra unión ha sido completamente sincera?

Cuando estamos en esos momentos tan dulces de la relación, tenemos que grabarlos en nuestra retina por qué –en muchas ocasiones- serán esos recuerdos vividos los que nos rescaten del bache que un día atravesemos. Hay que construir sobre cimientos reales y no sobre falsas ilusiones, no dejarnos vencer por la desgana y la desilusión, no convencernos de que ya no estamos enamorados hasta el punto de alejarnos del dormitorio. Alguna vez he comentado que las relaciones sexuales, son un buen termómetro que nos hace ver la situación por la que atraviesa nuestro matrimonio.

La cercanía de una pareja se forja con el diálogo, con la cesión, con el respeto, con el saber entender, pero hay algo especial que solo se puede forjar en la intimidad del dormitorio. Todos sabemos que hay una unión íntima en la entrega de una pareja. Esa entrega es la máxima expresión de amor que podemos tener. Y es, en el dormitorio, donde somos capaces de dar lo mejor de nosotros mismos, o de convertirnos en hielo y sin tan si quiera rozarnos.

Al igual que nosotros vamos cambiando y madurando con el paso de los años, nuestras relaciones íntimas tienen que ir evolucionando con nosotros. Tenemos que recorrer juntos este camino y aprender a entender las necesidades del otro, que en unas ocasiones serán más físicas y en otras más afectivas. Tenemos que aprender a no escandalizarnos con las nuevas sugerencias y a añadirle algo de pimienta a nuestra relación. No dejarnos vencer por la pereza y no tener como aliado a la rutina.

La rutina, ese gran enemigo de cualquier relación. Ella es capaz de colarse en nuestros dormitorios de forma silenciosa. Empieza a trabajar poco a poco, depositando grano a grano y sin hacerse notar. Empieza colándose en nosotras con un dolor de cabeza, ese dolor que todas hemos decidido tener de forma repentina ante la mano de nuestro marido en la pierna. Sigue con vosotros colándose en vuestra oficina y haciendo del trabajo vuestra prioridad, algo que os deja rendidos nada más llegar a casa, y hace que os desploméis en el sofá. Vuelve a atacarnos a nosotras con cierta irritabilidad cuando al sentirnos solas por vuestros retrasos en el trabajo y sigue con vosotros que os vuelve más fríos ante nuestro mal humor y os hará llegar un poquito más tarde.

Pero el trabajo fino que hace en nostras es el almacenamiento de reproches, que cada día crecerá un poquito más. Y ante eso ella actuará en vosotros de forma sigilosa, hará de vosotros hombres distantes, no solo de nosotras, sino de vuestro hogar. Al fin y al cabo vivimos una vida llena de rutinas establecidas, el trabajo, el cole, los hijos, la familia, las extraescolares, el gimnasio –la que llegue- el pádel, el golf, el inglés, la natación, etc.

Pero, ¿Dónde hemos dejado en nuestro día a día a nuestra pareja?  El mejor antídoto ante la rutina es sorprenderla con una caricia inesperada, un beso a destiempo y una noche apasionada. Lo mejor para desterrarla del hogar es con una conversación sincera, una mirada llena de esperanza, un corazón abierto. Sorprendámonos con una noche llena de intimidad, de confidencias, algo de picante en el juego entre sabanas una noche de esas que nos unen de forma especial.

2 comentarios en “La intimidad del dormitorio nos hace ser cómplices

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