No te digo que sea fácil. Te digo que merece la pena.

Si, hablo del matrimonio. Cuando una pareja se casa, la percepción que tenemos de esta etapa es sencillamente maravillosa. Vivimos los primeros años del noviazgo como una antesala de lo que pensamos que puede ser LO MÁS. Vivir con él o estar siempre a su lado cuando se levanta al amanecer. Llevarla el desayuno a la cama o ver como se pinta frente al espejo.

Nos pasamos viendo películas como Pretty Woman. Por favor, después de ver esa peli ¡¡¡Quien no deseó ser esa prostituta!!! Por no hablar de aquellas películas como Blancanieves, que llega su príncipe azul para despertarla con un beso de amor. Que, si profundizamos, lo que vemos es: llega un extraño que ve dormida a una señorita, la besa y ella se casa con él. Eso si FUERON FELICES Y COMIERON PERDICES. O películas del estilo de “lo que el viento se llevó” donde el orgullo y la soberbia impidieron a Scarlett O’Hara querer al hombre de su vida, y donde él, solo encontró una mujer llena de sí misma.

Sin embargo hay algo que nadie te cuenta. Y es la realidad de una pareja. Es ese día a día que nos encontramos cuando nos levantamos y nos encontramos a nuestra pareja con esa “boca pastosa” o esas ojeras que desaparecen tras un buen trabajo de chapa y pintura matinal. Y que decir cuando es una, la que pasa segunda al baño. En ese momento nos decimos: pero ¡¡¡es tan difícil levantar la tapa!!! lo tiene que hacer a mala idea. O son esos momentos donde ella está con su zumo de naranja, tostadas con aceite, fruta pelada y cortada ¿¿y tú?? Con un café, eso si en vaso como a ti te gusta, pero de fruta y tostadas “na de na”.

Es en estos momentos, cuando olvidas por completo que un día disfrutabas llevándola el desayuno a la cama o incluso levantándote a su lado. Es en esos momentos donde piensas que Vivian no era más que una prostituta y que eso solo ocurre en las películas. O que Blancanieves era una descerebrada por casarse con un desconocido. Y al final acabas pensando que la más lista fue “la señorita Escarlata” que no se ató a nadie, más que a si misma y a su amada tierra Tara. Y es aquí donde todos nuestros sueños de matrimonio feliz se empiezan a ver truncados.

Es en este punto donde tenemos que hacer un parón y empezar a trabajar en recuperar la ilusión, el cariño, el amor, el deseo, la pasión… Es el momento de afrontar que nuestro matrimonio no es una película perfecta, sino que sencillamente es nuestra película con nosotros de protagonistas y un guión que dependerá exclusivamente de nosotros. Seremos los autores de nuestra propia vida y si queremos detalles; tendremos que trabajarlos y si queremos recibirlos; tendremos que pedirlos. Si queremos pasión tendremos que provocarla y si queremos hacer el amor tendremos que amarla.

Es cierto que el matrimonio no es un camino de rosas, pero también es cierto que la vida nos regala esos momentos que hace que queramos seguir adelante. Son esos momentos donde tu marido te abraza tras la muerte de tu madre. Son esos momentos donde encuentras refugio en los brazos de ella tras un despido. Son esos momentos donde tu marido te hace el amor haciéndote sentir la mujer más deseada o son esos momentos donde tu mujer te provoca llena de deseo y pasión.

Son todos esos momentos, los dulces, pero con su toque de amargura, o esos momentos tan duros, pero a la vez llenos de amor los que nos hacen querer. Son todos esos momentos de sinceridad los que nos unen y fortalecen. Son todas esas peleas las que provocan esas reconciliaciones apasionadas las que nos hacen seguir. Son esos hijos tenidos los que nos hacen luchar y son esos hijos no tenidos los que nos hacen comprender. Son todos esos momentos los que merecen la pena. Son los momentos que nos ayudan a seguir trabajando en la misma dirección en “QUIERO QUERER QUERERTE”.

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